Hoy te ví cruzando la calle. Te distinguí rápidamente, casi de forma involuntaria entre toda esa gentuza que subía, bajaba, gritaba y enloquecía en una de las arterias de Lima, en una de las avenidas de nuestra ciudad-aldea.
Tu no sabías que te veía, pero yo te veía, casi contemplándote. Veía tu rostro, tus manos, tu manera de caminar, tu ropa, y esa chaqueta que alguna vez me habría protegido del frío.
Tu no sabías que te veía, pero yo te veía, casi contemplándote. Veía tu rostro, tus manos, tu manera de caminar, tu ropa, y esa chaqueta que alguna vez me habría protegido del frío.
Yo te veía, estática, sin atinar a respirar. Tu caminabas, sin preocupación alguna pero algo alerta. Caminabas, sí, sin tener idea que a 20 metros estaba yo, y que cada uno de tus pasos astillaba lo que quedaba de ese musculo cansado de latir.
Pero eso no importaba, porque estabas ahí, como cualquier otro mortal. Caminabas, y ¡Dios! cada segundo era embriagante. De repente paraste en la entrada de un restaurante a leer un letrero.
Pensé que estabas leyendo el menú, y también pensé que tendrías hambre. En ese momento quise quitarme las entrañas y correr con ellas entre toda la gente, para que te alimentes, pero si hubieras querido algo menos metafórico/poético, te hubiera invitado a comer a casa. Te hubiera preparado alguna parrilla (porque sé que son tus favoritas), sacado un buen vino (saqueado previamente de la despensa familiar), y puesto tu disco favorito, que había descargado meses antes, después de terminar contigo, porque en ese tiempo necesité vincularme contigo, y sentía que por lo menos, al escuchar tu música, tendríamos algo en común. Huevadas de enamorados.
Después del buen vino, te hubiera invitado a la sala, con un café pasado en mano, intuyendo y esperando que al final el postre seríamos nosotros.
Pero no, eso no pasaría, porque estabamos en plena avenida, tu habías parado de leer, y yo solo te observaba, cobardemente.
Seguiste caminando, y crucé rapidamente la calle. Me paré en el mismo cuadro de la acera en la que tu paraste, y leí el cartel que tú leiste. Podría jurar que hasta olí tu perfume. A distancia cautelosa te vigilaba con la mirada, con cuidado de no perderte (una vez mas).
Leía también el cartel. "Se busca mesero/a con experiencia". Tú, de recoje-platos?, es una broma?. En que momento de la historia Dalí pinto la fachada de un edificio?, En que momento tu dejaste ser el centro del universo?. En qué puto momento?. Seguro en uno en el que yo estuve ausente.
Seguro.
Ausente porque me habías botado.
Sí.
De repente, esa caida contra el piso, el darme cuenta que también eras mortal, que tu sangre era igual de roja que la mía, y que la verdad no salía de tu boca, me reanimó.
Mis imagenes cambiaron. Ya no te invitaría a comer a casa, ni abriría el mejor vino. Todo lo contrario, iría yo al restaurante, me sentaría en la mesa, esperaría a que vengan a atenderme, y pediría el plato más complejo. Tu, haciendo maniobras para no botarlo, lo traerías. Tal vez me quejaría de la demora, y cuando me disponga a comerlo, diría algo como "Perdí el apetito", mirandote fijamente. No, la comida estaba buena, por si me lo preguntarías en algún futuro. Perdí el apetito de tí. De tu existencia. De un "nosotros". De todo lo relacionado con tu nombre.
Já, si que me sentía triunfal, por encima del cielo nublado de Lima y la multitud, en la cual te incluía. Já, si que era superior, y esa superioridad me dibujaba una sonrisa en la cara.
Una sonrisa, después de todo.
Fue con esa misma sonrisa, y en ese preciso instante, en el que me dí cuenta de que estaba sonriendo sola, mirandote de lejos, perdida en un universo al cual ya no pertenecías.
Y te extrañé.
*
(Este texto lo escribí hace tres años, cuando tenía quince, creía en el amor y no tomaba aspirinas, lo encontré sin querer, ordenando cuadernos, para empezar "bien el año", y me enterneció leerlo, recordarlo).
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