Hoy me levanté con sinceras ganas de matarme.
No se fue hace mucho: habrá sido una hora atrás.
Abrí los ojos y me percaté que era muy tarde, que hacía mucho calor, y que tenía mucho sueño. Tenía, como dije, sinceras ganas de matarme. De volarme los sesos. De tomarme todas las pastillitas verdes que tengo. De no empezar el día de hoy, ni el de mañana, ni el de la próxima semana.
Pero bueno.
Bajé al primer piso de la casa, a la cocina, a hacer un cafecito, meterlo en la licuadora y echarle hielo. Me conecté a la música mientras lo tomaba. Y todas esas ganas se me fueron.
Bajé al primer piso de la casa, a la cocina, a hacer un cafecito, meterlo en la licuadora y echarle hielo. Me conecté a la música mientras lo tomaba. Y todas esas ganas se me fueron.
No se a que atribuirle mi cambio de ánimo repentino, al café cuzqueño o a la música, en todo caso, les dejo ambas.
He aquí la canción.
Y he aquí la receta del café.
Después de eso, no me interesó demasiado el hecho de vivir, o morir, o seguir... tampoco martirizarme por haberla cagado hace breves días con R, ni el hecho de que me esté saliendo un orzuelo mas grande que mi ojo, que duele y me deforma.
Solo me interesó el momento.
Y que rico fue.